ESCENAS TOLERDENSES (II)

 

"No, no fue un error, no me equivoqué", persuade Saduceo a la granasamblea

II.Un maleducado impertinente

-La has cagado pero bien. ¿Cómo se te ocurre exigirle dinero a Mercañora por asumir sus mermas? ¡Nos hemos quedado sin ellas!

Sí, es un impertinente, tal y como le repetía a la mínima ocasión Purria Perre-Hortelano, la vieja pellejo malnacida. Un maleducado. Porque nosotros tenemos educación, le insistía, una y otra vez con ese retintín en el tono, somos de otra categoría moral, Saduceo. Él no, él es un maleducado. Un impertinente. Y eso le hacía sentirse vetusto y acabado, inseguro, frágil. Viejo. Ese desgraciado capataz, tan maleducado, tan eficiente, tan impertinente, tan cabal y tan malditamente real, les ponía nerviosos a todos en la oficina, les hacía sentirse incómodos, a él y a su equipo. Les cuestionaba permanentemente con estrépito de palets, de maquinaria, de macarrones y de arroz, de galletas y de lentejas, de asociaciones benéficas y de personas en situación de vulnerabilidad, y la ficticia burbuja de armonía estallaba como una volátil pompa de jabón. Le estallaba en las narices su sugerente mundo de aromas redentores y de quietud. La Caja de Alimentos y Pensionistas se tornaba un lugar duro y despiadado, sísmico y cambiante, imprevisible. Purria y también Asustín le insistían en despedirlo. ¿Cómo le consentía semejante atrevimiento a un empleaducho?

-Tú has fastidiado un proveedor y la vieja pellejo la aplicación del sistema informático que había creado para gestionarlo. ¿Te vas a quedar otra vez de brazos cruzados? ¿Cuál es el próximo desastre que voy a tener que arreglar?

No podía con él. Le irritaba profundamente, sobre todo porque era imprescindible para el funcionamiento de la Caja de Alimentos. Era muy desagradable y agotador, era un maleducado impertinente, ponía a prueba su proverbial paciencia, pero tenía que aguantar, debía resistir para poder mantenerse por encima de él. ¡Eres el presidente, Sadu!, se espoleaba interiormente. ¡El presidente! Así que era una suerte que se hubiera ausentado en ese preciso momento de la granasamblea. Y empezó a creerse de nuevo ese presidente respetable, con una década de servicio intachable y solidario a la sociedad tolerdana que algún día, algún día no muy lejano, le concederá una honorífica medalla o distinción municipal en reconocimiento a sus méritos. Porque eres un héroe, Sadu. Un héroe solidario.

La vieja pelleja Purria Perre-Hortelano

-Antes dije que quizás me equivocara en el manejo del asunto de Mercañora, pero ahora no estoy tan seguro de ello. Es más, pienso que fue positivo para la Caja que pusiera los puntos sobre las íes.

Bluf se removió en el asiento. Ella había estado presente en esa reunión y había sido testigo impotente de la monumental metedura de pata. ¿Qué podía exigir la Caja de Alimentos y Pensionistas de Tolerdo a un gigante de la distribución como Mercañora? Después de aquello le tocó disculparse y limosnear por teléfono durante semanas sin resultado. ¡Y este fantoche acabado se jacta ahora de su disparate! Bluf sentía arder sus adentros, mas dominó la indignación, se acordó del sueldo y sus engordados extras y medio sonrió hastiada.

Pero estaba todavía Saduceo saboreando con una sonrisa que quiso que tuviera tintes enigmáticos el golpe de efecto en su auditorio, cuando, como una virazón, entró el capataz en la oficina. Tragó saliva.

-Pero, vamos a ver –le encaró este-, ¿dimites o no dimites? Si no te vas, ¿para qué esta asamblea? ¡Menuda pérdida de tiempo!

Saduceo palideció, le retemblaron los miembros y se notó tartamudear. Era una tara vergonzante que arrastraba desde la adolescencia y que todavía le jugaba malas pasadas aún hoy en situaciones de estrés.

-Bueno… esto yo… qui-quizás siga… las esta-esta-estadísticas indican… tan-tan mal no-no-no se han hecho las cosas…

-Ni tampoco tan bien si tú mismo estás planteado el cierre de la Caja, vamos, digo yo –resolvió el capataz.

El presidente sufría, sufría mucho, muchísimo. No había derecho a eso, no lo había. Con todo el sacrificio y la entrega desinteresada de tantos años, ¡toda una década de servicio a los demás! No había derecho y no se podía hacer. Padecía por culpa de aquel tipo. ¡Y él era el presidente, coño! De ahí que todos esperaban su criterio y sus ponderadas palabras. Como Asustín, quien tenía claro que se le debía una completa pleitesía y se enajenara de puro indignado y se atrancara en ocurrencias y justificaciones absurdas, como con lo de las cabezas de vaca.

-Tranquilo, Asus, que no habrá convenio con el matadero: no podemos asumirlo.

Asustín, todavía acorralado por la treintena de testuces imaginarias, gimoteaba, braceaba aún contra una corriente invisible que nacía de las dos mujeres en pugna. Le dolía en el hígado aquella acometida constante que les había arrastrado, a él y al presidente, a solicitar entrevistarse nada menos que con la patronal de la ciudad para pedirles donaciones. ¿Se puede caer más bajo? ¡Pedir limosna a los que son sus vecinos de cigarral! ¡Y empujados a esa vergüenza por un complot de empleados aprovechando la ignorancia de los voluntarios!

        De camino a la sede de la federación de empresarios, resbalando el crepúsculo nacarado de marzo entre los cerrados tejados del casco monumental, no pudo aguantar más y se le sinceró amargamente a la salida del aparcamiento del Mirador:

        -Saduceo, para mí que soy viudo y ya no me conciernen los dimes y diretes del Tolerdo de toda la vida, esto no deja de ser más que una molestia innecesaria. Pero tú, ¿qué necesidad tienes de someterte a esta humillación? ¡Siendo tú quien eres!

        Saduceo lo miró con pícara complicidad y se lo atrajo del brazo, conduciéndolo con andares que a Asustín le semblaron furtivos.

          -Es que no vamos a ir –le confió sonriendo.

        Su tesorero se detuvo en seco, con expresión pasmada de lastimoso quijote. Al otro lado de la balaustrada del miradero se intuía la fértil vega del Tajo tendida perezosamente en el humo del atardecer.

        -¿Por eso –balbució con afonía-, por eso nos hemos deshecho de Glauca, que a toda costa quería acompañarnos?

        Saduceo se acodó en la balaustrada de piedra pulimentada y, tras los cristales de las gafas, entornando los ojos como para escudriñar el horizonte tembloroso de amarillos y púrpura, ensayó un visaje de trascendencia.

        -A veces un presidente tiene que escuchar y atender, Asus, rebajarse a simular para alcanzar un fruto mayor. Aquí radica el sacrificio de los líderes. El personal de la Caja de Alimentos está intranquilo y a nosotros, Asus, nos corresponde la responsabilidad de reconducirlos, porque… ¡porque no saben lo que hacen!

        -¿Aunque en ocasiones pueda parecer que son ellos los que dirigen la Caja y hasta se insubordinen?

        -¡Es que eso es, precisamente, lo que debe parecer!

        Y aquí hizo el presidente un ademán. Asustín estaba confuso y sintió de pronto como un peso molesto la carpeta de documentos y su agenda de anotaciones, con su bolígrafo de tinta negra prendido en la funda.

    -No sé si te sigo, Saduceo. ¡Pero sí tengo claro que esta morralla no puede condicionar las decisiones de la Junta Directiva! ¡No, señor!

    Hubo un silencio. La anochecida todavía permitía distinguir a los dos viejos troquelados en la balaustrada. Las terrazas del bar del miradero se animaban de luces y de animadas conversaciones.

        -¿Qué vas a hacer, Saduceo?

        -¿Que qué voy a hacer? Nada, Asus, nada. Nunca falla. Si algo he aprendido en los diez años de presidente que llevo es que las cosas se disponen solas.

        -Pero entonces, ¿vas a dejar la presidencia en manos de ese sobrevenido?

        -Anda, Asus, invito yo.

    Y ambos se mezclaron en el vaporoso laberinto de un Tolerdo muerto y ocioso que aún quería respirar.

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