ESCENAS TOLERDENSES
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| Saduceo Flojanza, a sus ochenta años, se sentía vivo, lozano |
I. Las cabezas de vaca
-¿Qué
haremos con veinte cabezas de vaca? ¿Alguien se ha parado a pensar si podemos asumir
veinte o cuarenta, ¡porque pueden ser cuarenta!, ¡cuarenta cabezas de vaca, por
Dios bendito!? ¿Qué vamos a hacer con cuarenta cabezas de vaca al día?
Enjuto,
descarnado, una triste figura de estampa vieja y desgastada, le temblequeaba a Asustín
Baldíez la mandíbula barbicana, repitiendo a voz en cuello su tema en el
guirigay de la oficina, con la mano en alto, crispando un puñado de papeles.
-¿Qué
haremos con cuarenta testuces? ¡Qué haremos!
Ni la aldeana de los pelos ni la vieja pellejo malnacida atendían al orate, enzarzadas como andaban entre sí, a la greña por sus personales vanidades y adelantos. La una, Bluf Lóbez, garrula promocionada por hembrón, pedía paso con artificio de melena feral y zarpas pintadas de rojo granate; la otra, Purria Perre-Hortelano, amortizadísima de sí misma, tiraba de galones de señorona de la pata falsa del Cid, esgrimía estatutos, apelaba a inobservancias remotas. Ambas, en realidad oficialas apócrifas, subalternas de nada, discutían como verduleras de lo que no entendían ni, sobre todo, les competía.
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| Agustín Baldíez, la triste figura |
Entretanto,
Saduceo Flojanza miraba la escena de corrala sin saber qué partido le convenía
tomar en la trifulca. Como presidente, sabía que debía marcar la línea a seguir
y evitar semejantes descarrilamientos, mas, como de costumbre, le superaba la
desgana y, más que nada, le vencía la indecisión. ¿Qué hacer, cómo aferrar el
timón y mantener a un tiempo la equidistancia para salir airoso del aprieto?
Tenía que hacer algo, debía intervenir, prorrumpir y garlar con voz profunda,
con autoridad, pues era su junta directiva
la que se dentelleaba. Así que, finalmente, Saduceo Flojanza intervino para
pedir calma alzando las manos como un patriarca y, luego de amontonar huecas
palabras durante unos primeros incómodos minutos, se holgó del eco de sí mismo
y cerró como buenamente pudo, tirando de sentencia hagiográfica:
-Está
claro que en situaciones de mudanza, mejor es no hacer mudanza. Sigamos como
hasta ahora, que tan mal no nos ha ido.
Así
le salió. Tal cual. Intuía que no había estado muy ajustado, pero se sintió
satisfecho de la redondez de la perorata. No tomaba partido y aparentaba
aplomo. Y la oficina quedó en calma. Que luego, si acaso, se destrozaran en
ausencia suya.
-Pero…
pero… ¿qué haremos con las testuces, Saduceo? –gimió su lugarteniente-. ¿Qué
haremos?
-¡Desde
luego, qué perra te ha dado con lo de las cabezas, hijo mío!- terció Purria
desdeñosa, con el coraje enquistado de no poder ser ella presidente por no
vestir pantalones.
-Eso
no va a pasar, Asus. No vamos a firmar ningún convenio con el matadero
municipal, no sufras más por eso.
Saduceo,
a sus ochenta y pico años, todavía se sorprendía de sus propios requiebros.
Acababa de resolver una crisis de un plumazo, así, sin más, sobre la marcha,
con su infalible voz engolada y ese aplomo suyo impostado. Ahora, se decía,
solo me queda rematar diciendo sin decir, con ese misterio del que deja
traslucir que sabe secretos, pormenores decisivos no aptos para el vulgo.
Menuda cintura tienes, Sadu. Qué agilidad la tuya. Estás en plena forma. Y
recordó cómo, hace un año, aun con la congoja en el cuerpo, convocara para presentar
la dimisión irrevocable la granasamblea
de la Caja de Alimentos y Pensionistas de Tolerdo para, a la postre, acabar por
no dimitir y salir de la oficina tan fresco, refrendado y por la puerta grande:
-Casi –se inventaba dramático en aquella ocasión, según hablaba- casi no nos queda producto en el almacén, las instituciones públicas no nos conceden subvenciones, el panorama legal del desperdicio alimentario ha cambiado y yo ya estoy mayor, estoy cansado de tirar solo del carro.

Bluf Lóbez lo miraba con ojos como yesca
Y
observaba de reojo las caras de voluntarios y socios, sentados en semicírculo
en la oficina de falso parqué, su
rebaño de jubilados entusiastas y matalones. Tardos, inexpresivos, desubicados,
algunos se atrevieron a pedir la palabra para dar los lamentables y
acostumbrados palos de ciego que hilvanan toda granasamblea y deslavazan su acta. Se creció y apretó las clavijas:
-Si
la sociedad a la que servimos no considera útil la Caja, se cierra y ya está,
no es ninguna tragedia, Hay otras muchas otras ocupaciones por ahí y quizás
hasta más necesarias que esta, no vamos a dramatizar las cosas...
En
el amortiguado revuelo que se sucedió, Saduceo no pudo evitar fijar su mirada
en la silla vacía que ocupara el capataz, reclamado hacía un momento en el
almacén. Respiró aliviado. Examinó a continuación a Bluf, la secretaria, su secretaria. Tenía los ojos encendidos
como yesca y la melena desgreñada de unos nervios que le torcían la sonrisa;
pero le permanecía fiel, callada, cómplice. Incluso desde la distancia percibía
la fragancia floral que se evaporaba de la lisura de sus hombros desnudos.
Notó un estremecimiento íntimo.
Saduceo, aun a sus ochenta, se sentía vivo, lozano, con esos estímulos. Aspiró a distancia una vez más aquel aroma que tanto amasaba cuando, con la nebladura de la media mañana, salía del despacho y, apoyándose en la parte posterior del respaldo de la silla ergonómica de ella, revisaban ambos a voz cómplice en la pantalla del ordenador las cuentas, las transferencias, los asientos financieros, lo que fuere menester. Entonces se le antojaba que Bluf se complacía entre las livianas telas de la escotada blusa, casi se diría que ronroneara, y él achinaba los ojos como por una presbicia extasiada, entreverados los dedos en las sortijas de la melena que le resbalaban por aquella espalda de pan tierno y pámpanos.
¿Dónde
quedaban en aquellos momentos la apurada situación de la Caja de Alimentos y
Pensionistas, los problemas, los apremios, las urgencias? Simplemente, dejaban
de existir; se evaporaban sensualmente con el dulce aroma de jazmín que le
quedaba impregnado en las yemas, se le canalizaban por el cuerpo con repetidos
y mínimos espasmos rítmicos, se le sublimaban en las piernas como calambre de
pura vitalidad. Saduceo diluía así en los sentidos la costumbre suya de la dejación
y los errores y aun la misma conciencia de ellos. Se deshacían como
azucarillos. Ya no quedaba duda ni posibilidad de culpa. Y continuaba luego
plácido, exangüe pero vigoroso, en su despacho, armando barquitos dentro de
botellas mudas como quietos peces transparentes o copiando en acuarela
fotografías del Tolerdo rural y sus aljibes. Y lejos, lejísimos, se marchita
Soledad, su mujer, enferma de toda una vida de vejeces prematuras y amargas. Una
pedrada de realidad. Pero, en las mañanas luminosas, aquí, junto a él, al otro
lado del tabique falso, sentía el latido del cuerpo riente de su Bluf. Sí, su Bluf. Porque era suya. Como todo aquí es suyo, como las mesas,
como las sillas, como el edificio, las altas techumbres, los palets de
alimentos, las máquinas, los voluntarios, el miedo de Asustín, la tela de araña
de Purria. Todo le pertenece y es suyo. Es su
mundo. La Caja de Alimentos y Pensionistas le pertenece por completo. Es decir,
casi por completo. Por eso no necesitó consultar a la junta directiva el añadirle
en su día un generoso estipendio al salario de su Bluf, que merece más que nadie, cómo no, el premio de su prodigalidad.
Porque le da la vida que en realidad no tiene.
Todo
lo contrario del capataz, el otro empleado, con quien, en cambio, se ve
arrastrado a lidiar y por culpa del cual, colige, no puede adueñarse enteramente
de las ensoñaciones y gozar en plenitud de su
mundo. Saduceo suspiró ansioso. El capataz y Soledad le hacían sentirse tan viejo.
-No
vamos a firmar ningún convenio, Asustín, no sufras. No habrá ninguna cabeza de
vaca. No vamos a hacer nada.
Y
en el demacrado rostro de Asustín Baldíez afloró una mirada hueca, pordiosera,
de infantil consuelo.


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